Salmos 27:8
Mi corazón ha dicho de ti: Buscad mi rostro. Tu rostro buscaré, oh Jehová
¿Sabes, amada hermana y amado hermano?
Te voy a decir algo muy importante en esta mañana.
Pensaste que tú buscabas al Señor, pensaste que tú encontraste al Señor, y hoy te voy a decir esta verdad: fue el Señor el que fue a buscarte a ti. Fue nuestro Padre el que fue tras de ti.
Él te buscaba durante muchos años, hasta que finalmente tú pudiste ver y pudiste encontrar esta parte.
¿Cuál es? La que el Señor nos encontró primero.
Él fue el que nos eligió, Él fue el que nos buscó y Él fue el que nos limpió.
Porque te digo algo: nosotros estábamos heridos y alejados de este abrazo y de este cariño, y alejados de esta parte que el Señor tenía para nosotros, que era su inmenso amor.
Sí, amada hermana y amado hermano que me escuchas, nosotros éramos los que estábamos alejados y el Señor por mucho tiempo nos hablaba de diferente manera.
Pero el día de hoy quiero recordarte que, ya que estás aquí, lo que debemos demostrar es gratitud.
Sí, gratitud por Aquel que nos encontró, gratitud por Aquel que nos limpió, gratitud por Aquel que nos sacó de circunstancias difíciles y adversas.
Yo no sé de dónde te sacó el Señor. Yo no sé en qué grado estabas de estar perdido, de estar desubicada o desubicado, pero el Señor te trajo.
Y a muchos de nosotros nos trajo con ese lazo de amor.
Como dice aquí el salmista:
“Mi corazón ha dicho de ti”.
En este momento de nuestra vida, yo lo único que deseo es que podamos entender que le hablemos al Señor, que busquemos, como esa parte de desesperación, su rostro; que busquemos su presencia; que busquemos de todo corazón el que estemos cerca de nuestro Padre.
Sí, aquí el salmista se hablaba así y decía:
“Mi corazón ha dicho de ti”.
No sé qué circunstancia estemos pasando en este momento, que creemos que el Señor no está a nuestro lado, que creemos que no hemos encontrado en verdad ese apoyo que es de parte de nuestro Dios.
Hoy te recuerdo: no necesitas buscarlo, porque el Señor ya está ahí contigo.
No necesitas padecer mucho, solamente decirle al Padre:
“Padre, ¿en verdad estás conmigo?”.
Porque Él, en su inmenso amor, va a abrazarte. En su inmenso amor va a estar ahí y se manifestará de una manera extraordinaria.
Lo único que en esta mañana te pido es: no te alejes.
No te alejes del Señor.
Que la circunstancia no te aleje de nuestro Padre. Que los problemas no te alejen del Señor. Que la prueba que tú estás pasando no te aleje de quien en verdad te ama.
Y que en esta mañana tú puedas una vez más decirle:
“Señor, en verdad tú me habías encontrado. Señor, en verdad tú me habías buscado. Señor, en verdad tú me encontraste”.
Pero hoy, en esta mañana, posiblemente quien se había estado alejando eras tú, amada hermana y amado hermano.
Así es que hoy, con el corazón en la mano, te digo nuevamente: no te alejes más de Dios.
No te alejes más de quien dio la vida por ti.
No te alejes más.
No pongas ante todo la circunstancia difícil que estás pasando. Mejor pon al Dios de todo en esta circunstancia difícil.
Porque no es Él el que te soltó la mano. Fuiste tú, fuimos nosotros los que nos soltamos de la mano de nuestro Padre.
Así es que nuestra oración de esta mañana sea:
“Padre, no me sueltes, porque tu rostro he buscado de día y de noche, y finalmente hoy entendí que no era yo quien te estaba buscando, sino fuiste tú, Señor, el que me buscó, me encontró, me limpió, me restauró y hoy me pone en un lugar privilegiado al lado tuyo, Padre”.
Para pensar
Y hoy, que nuestra oración no sea solo decir: “¿Dónde estás, Señor? ¿Dónde estás, mi Dios?”. Que en lugar de que sea esta nuestra oración, sea la siguiente: “Gracias, mi Dios, por haberme encontrado y gracias por resguardarme en el hueco de tu preciosa mano”.


Deja un comentario