Octubre 18 | Salmos 68:19
“Bendito el Señor; cada día nos colma de beneficios El Dios de nuestra salvación. Selah” — Salmos 68:19 (RVR1960)
Una de las experiencias más frecuentes entre quienes ejercen el liderazgo es descubrir que las necesidades de los demás parecen no tener fin. Apenas hemos terminado de atender una situación cuando surge otra que requiere nuestra atención. Una familia atraviesa dificultades, un hermano necesita consejo, un colaborador se encuentra desanimado y alguna responsabilidad de la congregación reclama una decisión urgente. Con el tiempo, podemos acostumbrarnos tanto a esta dinámica que llegamos a considerar normal vivir permanentemente bajo presión.
Lo curioso es que quienes están acostumbrados a sostener a otros no siempre reconocen cuándo necesitan ser sostenidos. Nos resulta relativamente sencillo exhortar a alguien a confiar en Dios, pero cuando enfrentamos nuestras propias preocupaciones, solemos comportarnos como si la solución dependiera exclusivamente de nuestra capacidad.
El salmo 68 nos presenta una extraordinaria descripción del poder y la fidelidad de Dios. David celebra las victorias del Señor, recuerda su presencia acompañando a Israel en el desierto y lo reconoce como defensor de los desamparados. En medio de estas declaraciones de grandeza aparece una expresión que podría pasar inadvertida: Dios actúa en favor de su pueblo cada día.
La afirmación resulta particularmente significativa. El salmista no limita la intervención divina a acontecimientos extraordinarios, como la derrota de los enemigos o la liberación de una nación. También reconoce su participación constante en la existencia cotidiana de quienes confían en él.
La Reina-Valera presenta esta verdad afirmando que Dios nos colma de beneficios. Otras traducciones, como la Nueva Versión Internacional, destacan que el Señor lleva nuestras cargas. Ambas maneras de expresar el pasaje dirigen nuestra atención hacia el cuidado continuo de Dios.
Pensemos por un momento en una lámpara que ilumina una habitación. Su función es proporcionar luz, y puede hacerlo durante muchas horas. Sin embargo, por más útil que sea, no posee en sí misma la energía que necesita para funcionar. Su capacidad de alumbrar depende de permanecer conectada a una fuente de alimentación. De nada serviría exigirle que continuara iluminando después de haber interrumpido esa conexión.
En la vida espiritual puede ocurrir algo semejante. Hemos sido llamados a servir, orientar, enseñar y acompañar a otros, pero jamás fuimos llamados a convertirnos en la fuente de nuestra propia fortaleza. Cuando descuidamos nuestra comunión con Dios, corremos el riesgo de continuar realizando las actividades del ministerio mientras nuestro interior comienza a debilitarse.
Lo más preocupante es que este deterioro no siempre resulta evidente. Podemos seguir predicando, participando en reuniones y cumpliendo nuestras responsabilidades. Desde afuera, todo parece funcionar correctamente. Sin embargo, por dentro, la alegría de servir puede estar siendo reemplazada por el cansancio, la impaciencia o una silenciosa frustración.
Es precisamente aquí donde la expresión del salmista adquiere un significado especial. La provisión de Dios es diaria porque nuestra necesidad de él también lo es. Las experiencias espirituales del pasado constituyen testimonios valiosos de su fidelidad, pero no sustituyen nuestra dependencia presente.
Jesús mismo invitó a los trabajados y cargados a acudir a él para encontrar descanso (Mt 11:28). No encontramos en esa invitación una distinción que excluya a quienes sirven en su obra. El pastor, el maestro y el líder también necesitan acercarse al Señor con sus propias cargas.
Esto no significa abandonar nuestras responsabilidades. Significa comprender que debemos ejercerlas desde una relación de dependencia y no desde la autosuficiencia. Dios no nos pide que seamos indispensables; nos llama a ser fieles. Y esa fidelidad incluye reconocer humildemente nuestras limitaciones.
Quizás hoy debamos reconsiderar nuestras prioridades. Antes de preguntarnos cuántas personas necesitan nuestra ayuda, sería provechoso examinar cuánto espacio hemos reservado para recibir la ayuda del Señor. Porque podemos pasar tanto tiempo ocupándonos de su obra que terminemos descuidando nuestra relación con el dueño de la obra.
El desafío del liderazgo no consiste solamente en aprender a llevar las cargas de los demás, sino también en recordar que hay un Dios que, cada día, cuida de nosotros.
Para pensar:
¿En qué áreas de mi liderazgo estoy actuando como si todo dependiera de mí? ¿Qué señales de cansancio espiritual he comenzado a considerar normales? ¿Estoy dedicando tiempo a cultivar mi comunión con Dios o solamente me acerco a él cuando necesito respuestas para ayudar a otros?


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