14 junio (Alza tus ojos) «No sabéis lo que pedís»

Entonces Jesús; respondiendo, dijo No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber del vaso que yo he de beber; y ser bautizados con el bautismo con que yo soy bautizado? Ellos le respondieran: Podemos. El les dijo: A la
v
erdad, de mi vaso beberéis, y con el bautismo con que yo soy bautizado seréis bautizados; pero el sentaras a mi derecha y a mi izquierda no es o darlo, sino a aquellos para quienes está preparado por mi Padre.
Mateo 20.22.23

En Juan 14 y 15 Cristo reiteró varias veces a sus discípulos esta promesa: «Todo lo que pidáis en mi nombre, lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo» (Jn 14.13). Más allá de la condición establecida, no ha dejado de ser una declaración que ha inspirado a generaciones de hijos de Dios animándoles a orar en toda circunstancia y en todo momento.

Dentro del ámbito de la iglesia no siempre hemos entendido cuánto peso tiene el hecho de que nuestras oraciones deben ser «en su nombre». Con una inocencia que a veces raya lo necio, hemos creído que cualquier petición que hagamos nos será concedida siempre y cuando agreguemos la frase «mágica» al final de nuestra petición: «y esto lo pedimos en el nombre de Jesús».

El verdadero sentido de esta condición se puede entender mejor si nos imaginamos a un padre que le dice a su hijo: «ve a decirle a mamá que necesito las llaves de! auto». El niño corre a su madre y le comparte el mensaje que le ha dado el padre. El mensaje no es del niño, es del padre. El niño solamente hace las veces de vocero para el padre. De la misma manera, pedir algo en el nombre de Jesús es elevar al Padre una petición que el Hijo haría por sí mismo si estuviera presente.

Muchas de nuestras oraciones no reciben respuesta porque no cumplen con esta condición’ fundamental: no estamos pidiendo lo que Cristo pediría si estuviera con nosotros. Aun así, la oración no es una actividad que tiene como única finalidad asegurar una respuesta de parte de Dios. La oración, la más misteriosa de las disciplinas espirituales, nos introduce en una actividad en la cual somos transformados por el mismo proceso de hablar con el Padre. En este sentido,
San Agustín astutamente observa: «el que buscó, ya encontró». Lo encontrado radica en el proceso de orar, no en la respuesta.

No obstante, hemos de afirmar que también en las respuestas está la mano formadora de Dios. En su sabiduría, él a veces nos da lo que pedimos, aunque no sabemos realmente lo que estamos pidiendo. Nuestra insistencia es tal, no obstante, que el Señor nos concede lo pedido. A los israelitas les concedió un rey pero no era lo que necesitaban. A los hijos de Zebedeo les concedió beber de su misma copa, aunque significaba algo totalmente diferente a lo que ellos tenían en
mente. De la misma manera, a nosotros a veces nos responde aunque no hemos orado con sabiduría. Su respuesta no implica su aprobación, sino la existencia de una lección por aprender.

Para pensar:

«Si se diera el caso que Dios está obligado a darnos todo lo que pedimos, yo, en primer lugar, nunca más oraría, pues no tendría suficiente confianza en mi propia sabiduría para pedirle cosas a Dios».J. A. Motyer.

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